Un compañero de juegos

Esta noche han llegado los Reyes Magos cargados de regalos. Ahí están todos apilados bajo el árbol de Navidad. Coges la pequeña cajita envuelta con el lazo rojo. No puedes contener la emoción. Se mueve un poco. Lucha por salir. Y, de repente, ahí está. Con sus precisos ojos verdes. Con su pelo de terciopelo color naranja, negro o puede que blanco. Roza tu mano con sus preciosas almohadillas rosáceas. Ronronea cuando lo acaricias detrás de la oreja, justo en el punto donde tiene el remolino. Se estira. Te mira. Sestea y, mientras lo hace, parece que hasta sonríe. Se pone en pie de un salto, mueve la cabeza y te invita a jugar.

Es tan pequeño que cabe en la palma de tu mano. Lo puedes coger y darle un gran abrazo. Es un peluche… …Al que es necesario alimentar varias veces al día y todos los días, al que tienes que cambiarle la caja de arena siempre que lo requiera, al que has de llevar al veterinario cada vez que enferme, al que tienes que dedicarle parte de tu tiempo. Crecerá y dejará de ser la tierna bolita de peluche que conociste por Navidad. Tendrás que castrarlo para que sus cachorros no acaben abandonados en las calles.

Puede que con sus travesuras rompa algún mueble caro o querido. En vacaciones, tendrás que contar con él para hacer tus planes. Si lo estrujas, sufre. Si le estiras del pelo, chilla. Si lo abandonas, muere. Ya no es un peluche. Es una vida que está en tus manos. Si estas Navidades decides adoptar un/a gatito/a, recuerda y enseña a tus hijos/as que no se trata de un objeto ni de un regalo cualquiera. No se puede romper ni tirar.

El nuevo miembro de la familia es valioso e insustituible. Alguien que os dará felicidad y os cambiará la vida. Porque cuando adoptas un gatito/a, tus hijos/as no adquieren un peluche. Obtienen algo infinitamente mejor: un compañero de juegos.
Gatitos en apuros

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