Los nombres de todas nuestras calles

 Los nombres de todas nuestras calles

Me gustó tanto el libro que editó nuestra cronista Mari Carmen Rico, titulado “Los nombres de todas nuestras calles”, que en su día le apliqué la coletilla “...o la calle en vida”.


A Mari-Carmen Rico se le llenó de gente la calle de San Bartolomé, deseosas de conocer todas las historias de “Las calles del Petrer”, su nuevo libro. La gente se agolpó en la calle de la Caja de Crédito, para oir a Mari Carmen la presentación de su nueva obra. obra muy densa que sirvió para que conozcamos la historia sintetizada de cada nombre que la preside, aspecto interesante para que cada vecino tenga pleno conocimiento del nombre de su calle, pues conociendo tantos datos se conocerá mejor el pueblo en que vivimos.

El concejal de Cultura por entonces, José Miguel Payá, en un dilatado discurso, propuso poner el nombre de Mari Carmen a una calle en vida como reconocimiento a su labor como cronista del pueblo y a sus múltiples publicaciones. ¡Craso error! ¿Qué iba hacer su nombre lleno de vida entre calles de tantos difuntos? La costumbre de ponerle nombre a las calles viene de muy antiguo, cuando las calles rezumaban vida llenas de risas, líos y gritos, en las noches de estío, junto al botijo del agua fresca, marcando sus vecinos su determinada personalidad sobre ella, de ahí, que algunas fuesen bautizadas popularmente con un sobre nombre de alguna anécdota en tiempos que fueron de auténtica integración con el pueblo.

Y ya se sabe, pasan los años y la memoria va olvidando lo inconsistente, por eso, en los países más avanzados a las calles en vez de nombres se le ponen números. Los nombres que se pretenden recordar se ponen en instituciones donde se guarda la obra meritoria de cada nombre a recordar. Porque esos nombres si no se conocen no existen, no tienen razón de ser, no sirven para nada más que para localizarlos cuando la tendencia es pasar desapercibidos. De ahí el mérito de esta obra que fue acogida calurosamente por los asistentes.   

Las calles del pueblo huelen a asfalto, a aceite quemado y cacas de perro y gatos, y los vecinos  conocen a sus convecinos por sus coches y el sonido de sus tacones o los raros perfumes que invaden el aire que respiramos y es probable que ningún vecino sepa casi nada del titular de la calle.  Vivir ahora es mucho más complicado que antes, porque si  ya es bastante dificultoso soportar las agresiones de cada  día, cómo plantearse buscar el conocimiento de las movidas inmortales que sugieren esos nombres desconocidos.


La naturaleza nos hizo eslabones de la gran cadena humana para perpetuarnos, como en todo lo que vive y después de todo, al final de la vida de cada uno, su  nombre se inscribe en la lápida marmórea, allá donde se albergan sus restos en el espacio asfixiante del cementerio, quizá por eso los vivos que pueden se escapan al monte para escuchar los sonidos de los vientos, el perfume de las nuevas estaciones y también para maravillarse en la contemplación de las estrellas intentando saciar su hambre de inmortalidad. 


En contrapartida, las calles sin nombre de nuestro  cementerio, imitan en su configuración a las calles del pueblo. Hay una simbiosis entre la ciudad y el cementerio que tiende a la manía de copiar el mismo ordenamiento antiguo, con ausencia de espacios verdes y abundante arboleda donde la luz y el limpio viento ilumine y purifique la eterna estancia sagrada.

Esas otras calles, donde se amontonan nuestros seres más queridos, resultan ser calles asfixiantes, amontonadas, estrechas, angustiosas donde predomina la explotación de las parcelas, precisamente donde la eclosión de la vida tendría que estar más latente, sin pensar en que allí prevalece la muerte ante la ausencia de vida, vida que sigue en el mundo y es allí donde, junto a los que ya la han perdido, debería de estar presente en compensación, no para ellos, que ya no la disfrutan, sino para los que todavía vivimos, porque allí  se nos recuerda lo efímero de la existencia, el soplo de nuestro paso que muere más que vive, porque la vida nada más nacer empieza a morir y morir es como las estaciones  que se suceden vitalmente para que la vida continúe, aceptando las leyes de la existencia que indican que  morir es como el necesario invierno que da paso a la nueva primavera que nace y se repite eternamente. 


Volviendo a las calles del pueblo, conozco eslabones democráticos de la cadena humana que se quejan, por ejemplo, que su calle se llame Felipe V, cuando ese rey se cargó la autonomía valenciana que nos dio el otro rey Jaime I, y que se ha tenido que recuperar gracias al otro rey Juan Carlos l, después de  siglos de  sangre y luchas innecesarias.  ¡Cuánta incoherencia política!  También se quejan de que sus hijos vayan a colegios con nombres de inquisidores o dictadores que tanto atrasaron el conocimiento humano en la historia de la humanidad. La verdad es que es para estar verdaderamente jodidos, por eso deberían ser sus vecinos quienes consensuaran el nombre de sus calles, pues ahora, si estando difuntos los titulares de las calles hay quienes se quejan con razón, cabría pensar qué pasaría si algunos de estos titulares callejeros  permanecieran vivos, como podría ser el caso de Mari Carmen.


Ella nunca pasaría por su calle, por si las moscas. Seguramente los vecinos se le quejarían de la falta de luz, del mal estado de las aceras, de los baches que machacan a los coches, de las inundaciones de cada año, de los follones y los gritos de los paseantes noctámbulos y el estrépito de los bares y discotecas…. Demasiados problemas por una calle que al fin a al cabo nunca es tuya para poder labrarla y plantar lo que te apetezca, pues el poder, como dijo José Miguel Payá, es el  verdadero dueño de las calles, que siempre acaba  quitando o poniendo los nombres que sólo a él le interesan. 


Lo dicho. Mari Carmen, si quieren agradecer tus trabajos que te pongan una taberna como hacen en Irlanda que también son templos de cultura, porque la biblioteca ya la tienes y así todos tus amigos, en tu honor podremos tomar hoy el pan material y espiritual… que mañana, con calle o sin calle, seguro que todos ayunaremos… Una vez más, felicidades por esta nueva aportación a la cultura local de tu amigo.                                                                             

Gracias Mari Carmen pues este libro,  que debería de ser reeditado, de nuestras  calles  junto a la reciente edición de “Gent de Petrer” de Luis Rico es indispensable que esté presente en todas las bibliotecas familiares. 

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